Embajador Fernando Zegers (palabras de Lilian Calm)

Q.E.P.D Embajador Fernando Zegers (palabras de Lilian Calm)

Lillian Calm escribe: “En la misma página del libro de
condolencias, más arriba, había firmado monseñor Kurian
Mathew Vayalunkal, nuncio apostólico del Papa León XIV,
quien acudió a rezar y a agradecer los servicios que
Fernando Zegers había prestado como embajador ante la
Santa Sede, especialmente durante la mediación y el
pontificado de Benedicto: ese pontífice que algunos sábados
lo convidaba, junto a Teruca, a los conciertos de Mozart que
él mismo, el Papa, interpretaba al piano”.

Cuando supe, esa mañana que, simplemente, no había
despertado -le faltaban solo días para cumplir los 94 años-, no
pude dejar de pensar: así parten los hombres buenos, sin
estridencias. Sin estridencias, me repetí. Aunque es imposible
olvidar esos estridentes recibimientos con los que Fernando
Zegers Santa Cruz, amigo fiel de tantos amigos, saludaba a
cuantos iba encontrando por el mundo, como abogado, luego
periodista y más tarde en su carrera diplomática; en el diario
vivir de un hombre que fue fiel a sí mismo, fiel a su familia, fiel
a una fe inquebrantable de la cual no dudaba en dar testimonio.
No me resisto a escribir un párrafo (solo uno) estrictamente para
quienes lo conocieron bien, porque quizás otros fruncirían el

ceño y no lo entenderían. Una de sus peculiaridades, las tenía,
era poner nombres o apodos curiosísimos, pero todos simpáticos,
a los más cercanos de fu familia, a sus amigos, a los diplomáticos
con los que trabajaba y sentía más próximos. Imposible
recordarlos todos, pero sí me atrevo con algunos del ámbito
periodístico: Crispín o Cristino, Gassman, Berruguete…
No era su forma de individualizar, pero sí de personalizar -lo que
no es lo mismo- y prodigar un especial afecto, hasta estridente
(repito el término), cada vez que volvía a verlos.
Uno de sus sobrinos me confesó que, desde que él comenzó a
caminar, su tío lo había llamado Pecho Amarillo. Un día le
pregunté a Fernando a qué obedecían esos nombres y me
contestó con toda seriedad: con estos nombres nos van a
reconocer el día de la Resurrección, en el Valle de Josafat. Tras
la respuesta siguió una de sus carcajadas.
Tengo el honor de haber recibido uno de esos nombres, con el
que me atreví a firmar, por primera y última vez, en esos libros
de condolencias que ahora ponen en los funerales, ya que
estamos en una era en que ya no existen tarjetas ni menos
tarjeteros. Por supuesto, desde esa primera y última vez que lo
usé, ese nombre ya está en desuso y me lo guardaré en el
recuerdo para mí misma.
En esa página del libro de condolencias, más arriba, había
firmado monseñor Kurian Mathew Vayalunkal, nuncio apostólico
del Papa León XIV, quien acudió a rezar y a agradecer los
servicios que Fernando Zegers había prestado como embajador
ante la Santa Sede, especialmente durante la mediación -aún no
asumía- y luego durante el pontificado de Benedicto: ese
pontífice que algunos sábados lo convidaba, junto a Teruca, a los
conciertos de Mozart que él mismo, el Papa, interpretaba al
piano.
Fue Benedicto XVI quien, al recibir sus cartas credenciales, en
octubre de 2010, le recordó la celebración del entonces 25
aniversario del Tratado de Paz y Amistad con Argentina, “que
con la mediación pontificia puso fin al diferendo austral. Este
Acuerdo histórico quedará para las generaciones futuras como un
ejemplo luminoso del bien inmenso que la paz trae consigo, así

como de la importancia de conservar aquellos valores morales y
religiosos que constituyen el tejido más íntimo del alma de un
pueblo”.
Fernando solía sorprender. Me encontraba en Roma. Los Zegers
me habían convidado por unos días y él, sobre su escritorio, me
tenía preparado su computador (ya algo vetusto) para que yo
escribiera. Ahí lo vi trabajar, asistir a largas ceremonias, caminar
la ciudad.
Nadie podía creer que ese vecino, hasta lúdico, que iba
conversando con todos por las calles romanas o de otras ciudades
del mundo, y a quienes saludaba con nombres y circunstancias,
fuera uno de los más serios y eficaces negociadores que tuvo
Chile en el exterior.
Además de la Santa Sede hubo muchos otros destinos en el
camino de Fernando, una vez que decidió dejar atrás el
periodismo (fue director de El Diario Ilustrado y, a la vez,
profesor y formador de grandes periodistas que habían
comenzado a escribir en la recordada Página 6 de ese periódico).
El periodismo, sin embargo, siempre lo llamó: sería editorialista
de El Mercurio y firmó columnas de opinión muy directas bajo
los seudónimos de Pardiez (leo ahora que esa interjección
equivale a caramba) o, simplemente, Z.
Sus destinos fueron muchos: Nueva York, Ginebra, Brasil,
España, Australia y la Santa Sede, para finalmente dirigir la
Academia Diplomática Andrés Bello, que forma a los futuros
profesionales. En Chile ocupó otros altos cargos en la
Cancillería, pero quizás lo que más se le debe es su talento
negociador en la defensa, sin ambigüedades, por ejemplo, de la
tesis de las 200 millas marinas de soberanía exclusiva. Su forma
de negociar (me lo comentaba uno de sus discípulos) era sin
cavilaciones, incluso con dureza si era necesario, en lo que
consideraba justo para los intereses de Chile.
A Fernando Zegers se lo ha considerado como una de las figuras
más determinantes en la historia de la diplomacia chilena (la
definición no es mía, sino de algunos de sus pares), gracias a su
liderazgo en la creación y consolidación del ordenamiento
jurídico de los océanos. Su trabajo impidió el aislamiento

territorial marítimo de Chile y sentó las bases de la soberanía
económica global sobre las costas. Este esfuerzo culminó en la
consagración de la Zona Económica Exclusiva. Él
presidió ininterrumpidamente la delegación chilena ante
la Convención de las Naciones Unidas sobre el Derecho del Mar
(CONVEMAR) entre 1968 y 1982. Pero hay muchísimo más.
Por ahí apareció una entrevista que le hice en 1989 para el
diario La Segunda. Chile había firmado en esos días en Nueva
Zelandia, en gran parte debido a sus buenos oficios, la
Convención de Minerales Antárticos. Le pregunté, al comenzar,
cómo podía hacer ameno un tema tan árido.
Su respuesta, tras otra de esas grandes carcajadas tan suyas, lo
retrata:
-Lo mejor es ir a la Antártica, territorio maravilloso y
romántico, donde reina un gran silencio. Ha sido preservado
casi intacto en su estado natural, como salió de manos del
Creador. Esta décima parte de la superficie terrestre conforma el
único continente donde no hay armamentos y cooperan toda
suerte de países. Pareciera que allá se hubiera abolido el pecado
original…
Fue uno de sus discípulos, el embajador Pedro Oyarce, quien tras
doblar la bandera de Chile que cubría su urna, con la estrella
siempre a la vista, se la entregó a María Teresa Aldunate
Menéndez, Teruca, con palabras de agradecimiento por los
grandes servicios que Fernando Zegers Santa Cruz había
prestado a la Patria.
Ahí estaban, en el Cementerio General, acompañándola, cuatro
de sus cinco hijos: Teresita y Margarita, Pedro Pablo y José
Ignacio.
Fernandito, el mayor, lo esperaba en el Cielo.

Lillian Calm
Periodista
02-07-2026